El desarraigo

‘‘EL MEJOR DE LA FAMILIA’’

Debí haber publicado esta historia hace más de cuatro años, pero no lo hice. Ahora leo los apuntes recopilados en mi libreta sobre el caso de este muchacho oaxaqueño y todavía se me hace un nudo en la garganta. Perdió la vida en un accidente en Dallas y el dolor de esa fatalidad  traspasó la frontera de Estados Unidos hasta llegar a Oaxaca, en ese sur de México donde devastó a su madre, parientes  y amigos. Seguramente es la misma clase de luto que cae como  una pesada nube sobre tantas familias de mexicanos que encuentran un destino trágico en estas tierras extrañas  y del que desgraciadamente los demás nunca nos enteramos.

A Alejandro Hernández Ramírez lo escogí al azar, después de que leí una nota periodística sobre el accidente donde perdió la vida. Leí su nombre y me pregunté quién sería ese muchacho y entonces decidí averiguarlo. Le pondría una historia a ese nombre, a lo ocurrido y a las secuelas de la desgracia. No encontré otra forma de hacer algo para evitar que su vida y su muerte permaneciera en el anonimato. Sinceramente quería saber qué hacía, cómo había sido su paso por este país como inmigrante indocumentado en busca de dólares, como tantos que no encuentran oportunidades en su país y emprenden el vergonzoso exilio del hambre.

Tal vez no era sino hasta ahora cuando esta crónica del desarraigo, por algún motivo, merecía ser contada.

El mundo se le vino encima a Margarita Ramírez esa tarde del 12 de agosto cuando vio regresar a su hijo, al mismo que no había abrazado ni besado en los últimos seis años desde que partió a Estados Unidos.

Esta vez, retornó en un ataúd de madera a su pueblo de Ejutla de Crespo, Oaxaca, donde lo recibieron con llantos y silencios, en lugar del júbilo que le habían reservado los parientes, amigos y hasta sus maestros de primaria para el día de su regreso del norte. Se cubrió de muerte y tristeza el aire antiguo de esa ciudad que existía ya diez siglos antes de la llegada de los españoles a tierras mexicanas.

Alejandro Ramiro Hernández Ramírez murió en un accidente en Mesquite, un suburbio de Dallas en el norte de Texas, a los 26 años de edad. Él y otros dos compañeros de la compañía de mudanzas donde trabajaba, volvían con el tráiler vacío de Memphis, Tennessee, después de dejar varios cargamentos el fin de semana. Los tres murieron. Al oaxaqueño lo hallaron prensado en el compartimiento para dormir bajo la cabina.

Seis años antes, el muchacho salió de Ejutla de Crespo rumbo al norte con el sueño de ahorrar para regresar a estudiar la carrera de filosofía en la universidad y ayudar a su madre,  una maestra de quinto año de primaria, a la que le prometió construirle una casa y solventar los gastos de educación y sustento de sus dos hermanas. ‘‘Tenía muchas ilusiones, quería salir adelante, ser alguien, se fue buscando nuevos horizontes’’, describió la madre.

En cuanto miró la carroza entrar al pueblo, a Margarita se le paró el corazón y corrió hacia el vehículo para intentar tocar el féretro que resguardaba a su hijo. Acarició la superficie lustrosa y siguió llorando desconsolada como había estado desde que sus familiares le comunicaron de la pérdida de Alejandro y en ese momento, el mundo se volvió otro por completo.

En cuanto se enteró de la trágica noticia hasta antes de verlo por última vez, tuvo la secreta esperanza de que no fuera él, pero tuvo que identificar el cuerpo de su hijo y lo reconoció por una cicatriz inconfundible en la ceja. No hubo otro momento más doloroso en su vida.

‘‘Era el mejor de la familia, el mejor de todos. Desde pequeño siempre simpático y cariñoso, amante del deporte, por eso participó en el pentatlón en su adolescencia, también jugó futbol y cuidaba su dieta para conservarse sano en cuerpo y mente’’, recuerda sollozando.

Cuando decidió irse meses después de graduarse de la preparatoria en el Colegio de Bachilleres de Oaxaca (COBAO), le prometió a su madre que permanecería sólo 3 años en Estados Unidos y regresaría con el dinero ahorrado para estudiar la carrera universitaria que ella no podía sufragarle con su salario magisterial, ya que sus hermanas cursaban sus licenciaturas y una de ellas estaba a punto de convertirse en abogada.

Los restos de Alejandro llegaron a Oaxaca en el vuelo 675 de Aeroméxico ese 12 de agosto a las dos de la tarde procedentes de Texas y de ahí fue trasladado por vía terrestre a Ejutla de Crespo, en un trayecto que duró más de una hora. Ahí, mucha gente lo esperaba con ansias, desde el presidente municipal Leonardo Díaz Cruz hasta los amigos y maestros de la escuela secundaria y el bachillerato, sus tíos y familiares que viajaron desde el Distrito Federal y de Zapotitlán del Río, su pueblo natal.

El sepelio fue una concurrida y desgarradora despedida a uno de los suyos. A uno de los mejores jóvenes de Ejutla.

Cuando el olvido la asalta, Margarita dice que sigue alegrándose cuando llegan los domingos, el día que recibía la llamada telefónica que su hijo le hizo puntualmente desde Dallas durante 6 años. Eran largas conversaciones donde hablaban de los acontecimientos de la familia y las noticias del pueblo, se reían mucho y a través de las palabras se expresaban mutuamente el equivalente a los abrazos y besos que hubieran deseado haberse dado en persona. En la llamada del 7 de julio, su madre y hermanas le cantaron las mañanitas por su cumpleaños y él escuchó los repetidos consejos maternos de que se cuidara mucho.

Ya no escuchará esa voz que alegraba toda la semana y la tranquilizaba. Ahora, cuando trabaja en el aula, aún solloza cuando por casualidad algún alumno lleva el nombre de su hijo o coincide con su personalidad llena de inquietudes y sueños.

EL MIGRANTE OAXAQUEÑO FALLECIDO # 115

Ese 8 de agosto de 2004 sería el primer domingo que Margarita no recibiera la llamada de su hijo en todos esos años. Buscó excusas, imaginando que pudiera estar trabajando. Y pasaron las horas,  hasta que finalmente escuchó el timbre del aparato más tarde y contestó con un entusiasmo que pronto se extinguiría al oír a un funcionario del consulado mexicano de Dallas que le notificaba del accidente donde Alejandro había perdido la vida con otros dos compañeros de trabajo.

En un parpadeo, el sueño americano se desmoronó y ella sintió que se le derrumbó su vida.

Irónicamente, Alejandro planeaba regresar ese próximo diciembre a Oaxaca junto con su primo Oliver para quedarse en el pueblo, así le informó a su madre, a la que también dijo que llevaría muchas cosas que había estado comprando en los últimos meses para ellos.

Alejandro volvió a su pueblo, pero sin vida. Fue el oaxaqueño fallecido número 115 de 184 que habían muerto hasta esa fecha en el 2004, por distintas causas y en distintos estados de la Unión Americana. Le habían asignado ese número en la oficina estatal de atención a los migrantes. Esa misma dependencia se encargó de tramitar el retorno de los restos de más de 1,500 oaxaqueños en los últimos 9 años.

En todo México vuelven los cuerpos de entre 7,500 y 8,000 mexicanos al año, según cifras de la Secretaría de Relaciones Exteriores (SRE), quien se encarga de los gastos de la mitad de ellos que piden apoyo económico, mientras que esa dependencia absorbe el costo completo de traslado cuando mueren en su intento por cruzar la frontera. En el 2005, se autorizaron 60 millones de pesos para cubrir el rubro de  repatriaciones de mexicanos fallecidos.

El papeleo de los traslados corre por cuenta de cada oficina del migrante en los estados, como en el caso de Oaxaca que durante el 2003 gestionó los trámites de 216 fallecidos, cuya causa predominante de muerte son los accidentes automovilísticos, seguido por las enfermedades, el fallido cruce de la frontera y otras causas como homicidios, suicidios y accidentes laborales.

En el caso de Alejandro, la compañía para la que trabajaba cubrió todos los gastos de traslado incluso en México y el seguro de vida a sus deudos que en promedio tarda entre 8 y 10 meses para el pago del mismo. A veces también las familias de los indocumentados reciben una indemnización monetaria de parte de las empresas.

Alrededor de 2 millones y medio de oaxaqueños viven en Estados Unidos, mayormente en California, Texas, Nueva York, Chicago, Orlando, Seattle y Carolina del Norte. Muchos de ellos viven en completa segregación por años, ocultándose de las autoridades por su condición migratoria y otros, simplemente por no comprender el idioma inglés y a veces ni el español, ya que sólo hablan las lenguas Zapoteca, Mixteca o Triqui en las versiones del Itsmo, de la sierra, de la zona alta o baja en el estado, como es la variada riqueza étnica de Oaxaca.

René Ruiz Quiroz, el director de la coordinación estatal de atención al migrante oaxaqueño (CEAMO) señala a Texas como el estado con el segundo lugar en número de indocumentados oaxaqueños, con poco más de 1 millón, después de California.

LA TRAGEDIA EN MESQUITE

Alejandro salió un día de la nada, precisamente una mañana que Marty Borrego necesitaba ayuda para descargar cajas de mudanzas para la compañía United Way. Él cuenta que vio al joven merodear en los alrededores en busca de empleo y le habló para ofrecérselo en ese momento. ‘‘Eit mexicano, ¿quieres trabajo?’’, lo llamó, quien desde entonces se convirtió en su amigo y jefe  en el negocio de la transportación y que todavía sigue consternado por la triple pérdida.

‘‘Todavía no sé qué pasó, el tráiler no dejó marcas negras de sus llantas en el camino, luego no apareció el teléfono celular de Alejandro y se perdieron algunas bitácoras de la ruta seguida por el camión de mudanzas’’, señaló preocupado en el comedor de su casa, cuya mesa llenó de fotografías y documentos que mandaría a la madre del fallecido hasta Oaxaca.

Ese sábado 7 de agosto, Rogelio ‘‘Rocky’’ Santana de 33 años, Alejandro Cisneros de 25 y Alejandro Hernández Ramírez de 26,  regresaban a Dallas con el vehículo vacío después de descargar el menage de una casa en Memphis, Tennessee y antes habían estado en Mississippi. El resto del itinerario se perdió en el accidente.

‘‘Rocky’’ era el conductor del tráiler de 18 ruedas y Alex Cisneros venía en el asiento del pasajero en la cabina a la hora del percance. Alejandro Hernández venía aparentemente descansando dentro del compartimiento para dormir, ya que habían manejado toda la noche sin detenerse, a fin de llegar lo antes posible a Dallas y disfrutar lo que quedaba del fin de semana en sus casas.

Alrededor de las 7 de la mañana, el tráiler estaba en una intersección de dos autopistas en la ciudad de Mesquite y cuando tuvo que girar en una curva para tomar una rampa, la unidad siguió derecho y se estrelló contra un pilar de concreto que sostenía un puente sobre la vía rápida. Los rescatistas y bomberos trabajaron varios minutos para recuperar los cuerpos y el mexicano fue el último al que localizaron porque descubrieron la tercera víctima atrapada en los fierros retorcidos de la sección para dormir.

Los tres murieron a consecuencia del fuerte impacto. De acuerdo al reporte de la policía de Mesquite, el tráiler falló en seguir la línea de  la curva y la causa del accidente que consta en el informe oficial se atribuyó a la fatiga del conductor que se durmió en el volante.

Tres testigos del incidente reportaron que se percataron de la tragedia al oír el estruendo del choque de la unidad contra la mole de concreto. Después de rescatar a los tres jóvenes, fueron trasladados a hospitales distintos en el área, donde minutos después murieron.

El detective de Mesquite asignado al caso, sargento Shannon Greenhaw, indicó que el conductor aparentemente manejó toda la noche y descartó por lo pronto que hubiera habido responsabilidad por uso de sustancias tóxicas.

RESPETUOSO, HONRADO, DECENTE

Dice Marty Borrego que la muerte de los tres cargadores y empacadores de mudanzas le afectó tanto que ya nada ha podido volver a ser igual. A ‘‘Rocky’’ lo apreciaba mucho porque vivió 4 meses en su casa y se ganó el afecto de toda su familia. A Alex Cisneros lo conocía desde que era un bebé en Irving, Texas y a Alejandro Hernández Ramírez le fue ganando su afecto por la decencia, respeto y honor con los que conducía su vida.

‘‘Alejandro era muy extrovertido, amigable, generoso, por eso tenía tantos amigos en Atlanta, Ohio, Miami, Nevada y casi en todos los lugares donde frecuentemente entregaban cargas’’, dijo. Siempre era invitado a fiestas, a comer, era muy querido por los que lo conocían.

En el percance, nunca apareció el teléfono celular del oaxaqueño, por lo que Marty consiguió la lista de llamadas con la compañía telefónica para llamar a todos sus amigos y avisarles de su muerte en diferentes regiones de Estados Unidos. Durante meses, se dejaron velas encendidas en el lugar del accidente, en una especie de  tributo de algunos de ellos.

Revela que Alejandro pensaba casarse algún día con una americana para ‘‘arreglar’’ su situación migratoria y dejar de ser indocumentado. Y tuvo la oportunidad, pero no podía hacerlo con su novia Yolanda Hernández porque decía que él no podía ‘‘usarla’’ para conseguir papeles. Nunca pudo hacerlo porque decía que respetaba demasiado a todas las mujeres, ya que le evocaban a su madre y hermanas.

Relata Marty que su amigo mexicano tenía detalles como evitar llamarlo por teléfono durante los fines de semana para no interrumpir el tiempo dedicado a su familia. Admiraba que fuera muy pulcro, que comiera saludable, hiciera ejercicio levantando pesas y siempre comprara libros de medicina o de historia. También se enteró ya después de fallecido que Alejandro era muy desinteresado hacia el dinero, ya que prestó cantidades a varios amigos y no le gustaba que se lo devolvieran, ‘‘por eso había mucha gente que lo invitaba a comer y lo cuidaba’’. Además, siempre hablaba de su familia en Oaxaca y soñaba con el día en que volviera a estar junto a ellos.

De hecho, Marty habló con la mamá de Alejandro a Ejutla de Crespo, a fin de planear cómo iba a llevarle las pertenencias de su hijo o el dinero de la venta de algunas, como una motocicleta, su computadora y sus libros, fotografías y regalos que había acumulado para su regreso a México.

El trailero veterano ha llegado a pensar que podría contratar los servicios de un abogado para indagar aún más sobre las condiciones del accidente, ya que él tiene dudas sobre lo que pasó, tanto porque ‘‘Rocky’’ había hablado por su celular instantes antes del impacto como por la ausencia de marcas de las llantas en el camino, la desaparición de pertenencias de los fallecidos y por saber de la pericia del conductor.

Para Margarita Ramírez, quedó un desconsuelo difícil de aliviar y el sabor amargo de perder un hijo que partió tras lo que una vez fue un sueño americano y terminó en una terrible pesadilla que privó de la vida al mejor de su familia.

Las identificaciones de Alejandro y su foto.

Las identificaciones de Alejandro y su foto.

Marty Borrego mostrando la foto de Alejandro Hernández Ramírez sonriente, en una invitación a un servicio religioso por su muerte.

Marty Borrego mostrando la foto de Alejandro Hernández Ramírez sonriente, en una invitación a un servicio religioso por su muerte.

Documentos, fotos y recuerdos de su amigo Alejandro que recogió Marty.

Documentos, fotos y recuerdos de su amigo Alejandro que recogió Marty.

4 respuestas a El desarraigo

  1. Lourdes dijo:

    Hola.Primero que nada me llamo Lourdes Jimenez y tengo 19 anos de edad. Soy de Ejutla de Crespo Oaxaca igual que Alejandro. A todos los familiares, a su madre mis condolencias.Yo no esperaba encontrar esta pagina sobre este relato. Pero cabe la coincidencia que hoy me dedique a buscar informacion sobre Ejutla, en especial sobre el COBAO. Yo no estudie ahi pero me ubiera gustado estudiar en mi pueblo. Igual que Alejandro me vine para California, a estudiar aunque tengo todas las oportunidades no las voy a desaprovechar.

  2. hola ke pena x todos los ke c van de su pueblo a buscar un mejor futuro al otro lado como muchos de nosotros les desimos.No saben kel mejor futuro es en donde uno nace cerca de la familia y seres keridos.No deves dejarte guiar x los ke los demas dicen uno nunca sabe lo ke tiene hasta ke lo ve perdido x venir a gana unos cuantos dolares se quedo sin un peso en el bolsillo ke pena…………….

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  4. Claudia Rodriguez dijo:

    Ayer por cuestiones del destino encontre tu blog y me lleve la gran sorpresa d encontrarme con esta historia de la cual Alejandro es el protagonista, fue inevitable contener el llanto ya que el fue una gran persona, tuve la fortuna de conocerlo y convivir con el. Gracias.

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