Mi abuela, mi madre o viceversa

Como cada víspera del día de las madres, sueño a mi madre y a mi abuela. Las veo riéndose por cualquier cosa en la cocina de la casa donde crecí o pasando platos llenos de comida por encima de nuestras cabezas, como cuando éramos niños. Con las imágenes, oigo muchas risas, las de ellas dos, las de mi padre y las infantiles nuestras. Se recrean esos días cotidianos de olores ricos, del ruido de los tenedores chocando contra el plato, las bromas incesantes, de sus comentarios casuales sobre la ropa que nos pusimos o de si el huevo tenía demasiada sal o el chocolate demasiada azúcar.

Mi padre cambió la ubicación de la cocina varias veces en esa casa donde él todavía vive en la calle Escobedo, pero yo siempre sueño la que tenía el azulejo de talavera azul añil con blanco y tonos marrones, del que mi madre se enamoró en los viajes a Guadalajara y un día decidió regresar al caluroso Hermosillo con un cargamento de la talavera en la camioneta, ya de por sí llena de niños, maletas, colchas, artesanías y hasta birotes gigantes. Decidió ponerle mucho color  y calidez al espacio que hay entre los gabinetes, como le ponía color y calidez a todo alrededor de ella. Generalmente, era mi Mamá Locha quien cocinaba y mi mamá la que servía las comidas a su prole, sus cinco hijos que comíamos con tantas ganas que parecíamos refugiados de una hambruna, era la misma estampa todos los días alrededor de esa mesa redonda de formica que estuvo tantos años en el centro de esas comilonas.

En las mañanas invernales cuando seguido nos quedábamos dormidos un poco más, las urgencias de mi Mamá Locha apurándonos para salir a tiempo y la solución la hallaba en la licuadora con un desayuno rápido de un licuado de leche al que le echaba huevo, vainilla y ¡whisky! No recuerdo con claridad, pero debimos haber llegado algunos días a la escuela con aliento alcohólico. En la filosofía de mi abuela, cada bocado de comida que consumíamos debería fortalecernos físicamente y sólo así tendríamos un cuerpo preparado para enfrentar cualquier virus, bacteria o peligro que atrapáramos fuera de su espacio. ¡Cuántas veces llegaba de la escuela y la encontraba cosiendo algún uniforme o ropa nuestra en la máquina de coser! O entraba a la casa y la buscaba para hallarla allá afuera, en el fondo del patio, ¡echando enormes tortillas sobaqueras al comal!  Mi abuela, mi Mamá Locha, sin saberlo, hacía mi mundo hermoso. Tejía una atmósfera alrededor de nosotros donde comíamos riquísimo, vestíamos limpios, jugábamos seguros. Mi madre traía las risas, las miradas de orgullo aunque no las mereciéramos, la solución de problemas, los consejos, las amonestaciones. Su voz me caía siempre al alma como una caricia que me hacía saber que todo estaría bien. Y todo siempre estuvo bien.

Era tan natural para mí ver a esas dos mujeres siempre contentas, tan genuinamente complementadas una con la otra. Prácticamente desde que mi madre tuvo conciencia unió su fuerza a la de mi abuela y formaron un equipo. Juntas disfrutaron triunfos y sufrieron fracasos. Nada, nunca quebró esa alianza de cooperación. Juntas celebraron la primera estufa de gas que tuvieron jamás, cuando mi madre pudo comprarla con su primer salario cobrado como maestra de primaria en la escuela Alberto Gutiérrez, a sus 17 años de edad. Muy temprano, desde su adolescencia, mi madre contribuyó a la economía familiar con una simple actitud de deber y nunca como una carga molesta. Igual mi abuela, así asumió las tareas de ayudar a mi madre con el cuidado de la casa y de sus nietos. Por eso ambas podían reír espontáneas de cualquier cosa. Conservaron un amor esencial que nada lo cambió. Dice mi tía Esperanza, “Tiatati” para nosotros, que cuando mi madre se casó y se fue a su luna de miel, esa noche que su hija mayor dejó su espacio, oyó llorar a mi abuela toda la noche. Todavía no puedo sacar en claro qué sentiría, si emoción o sólo el desprendimiento de saber que ahora se incluiría mi padre a su equipo.

Siempre me sentí tan segura ahí entre esas dos mujeres. Creía que nada malo podía pasar en el mundo mientras ellas anduvieran cerca, es más, mientras ellas respiraran en este planeta. Eran las dos pasajeras necesarias para que el mundo fuera mundo, en mi tierna mentalidad. Iban las dos juntas a mi corazón y todavía siguen yendo en días como éstos con una poderosa fuerza que todavía me sorprende. Ninguna de las dos está ya aquí en su forma física, pero precisamente en un día como éste, llegan hasta en mis sueños y las muchas memorias que ellas dejaron para siempre en mi vida.

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Vereda de mariposas amarillas

El lago, en la mañana

Mariposas amarillas que no se dejan tomar foto

En Texas se vive con la vastedad. Se respira la anchura y la largura. La inmensidad del espacio en las praderas, las casas, los parques, las calles, todo. Y se aplica al nuevo lugar para hacer mis caminatas, un parque que es reserva natural de flora y fauna, Oak Point. Ahí hay amplios terrenos para montar a caballo, para correr, patinar, caminar, pasear al perro o sentarse bajo cualquier árbol a platicar o comer. Hay una ancha y perfecta vereda donde uno puede encontrarse fácilmente con coyotes, cerdos salvajes, víboras, tejones, mapaches, zorrillos, etc. Por el cielo, encima de mi cabeza, cruzan halcones e infinidad de pájaros.

Una veredita

Tal vez sea abril con su aire fresco y limpio, pero me ha tocado caminar seguida por mariposas amarillas en grupos o desperdigadas que como a todos me recuerdan a Macondo y José Arcadio Buendía. Me alegro de no ser alérgica, de poder respirar tanto polen y sonreír por estar viva. Lo mejor de esta mañana luminosa, reverdecida, llena de flores, es el silencio. Camino por la vereda de las mariposas amarillas y me encanta ese silencio. Los sonidos humanos, ausentes. Sólo los de la naturaleza. Arroyos de torrentes serenos se oyen en el fondo e insectos impertinentes. Voy caminando con un fuerte viento que mece las ramas de viejos álamos y encinos gigantes. Me gusta oírlos, me gusta verlos bambolearse, me gusta sentirlos acompañándome. También hay un lago donde  con suerte puede atraparse algún pescado. Está rodeado de florecillas y maleza y mientras uno lo rodea, se oyen tenues zarandeos de peces en sus aguas y las olas pegando contra piedras y troncos.

Flores silvestres

Es extraño cómo se me olvida el rumor de la ciudad, de los carros, cómo dejo de lado los asuntos de mi vida y me sumerjo en la fantástica vastedad de todo este silencio, de este pedacito de la obra perfecta de Dios.

 

 

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JUSTICIA O NADA

Recuerdo perfectamente el caos, el dolor, la desesperación de hace un año, cuando se fueron filtrando las primeras noticias de la tragedia de la guardería ABC. A través de twitter, alguien tuiteó después de las 3 de la tarde que había decenas de niños fallecidos en un incendio en una guardería de Hermosillo. No podría creer el horror de la tragedia. Comenzó a fluir la información y las búsquedas angustiosas de los padres por sus hijos en hospitales, la unión de esfuerzos de taxistas, voluntarios, personal médico, familias enteras para ayudar, encontrar, salvar a los pequeños, todos menores de 4 años. La ciudad cambió para siempre con esta tragedia. Y los niños nos siguen doliendo a todos como si fueran nuestros hijos.

Ya pasó un año y no vimos la mínima intención de hacer justicia sobre la tragedia de la guardería ABC en Hermosillo. Es la impunidad absoluta que debería avergonzar a México y que lo exhibe como un país donde realmente la vida no vale nada. Mueren 49 niños  en una guardería subrogada por el IMSS a particulares irresponsables y no pasa nada. Tampoco cuentan las decenas de pequeños que quedaron vivos, pero heridos de por vida por el terrible incidente que nos marcó a todos con un dolor que no se va, que no se quita, que no se olvida.

México es un país que se ha vuelto una trampa para sus propios ciudadanos, quienes no tienen acceso a la seguridad de vivir bajo un regimen judicial eficiente, aceitado solamente por las leyes y la Constitución. Los representantes de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial son una masa lerda que vive ajena a la estructura social y su funcionamiento porque cualquier asunto lo abordan sólo pensando en el saldo político-partidista que obtendrán. Se enranció la impartición de justicia en todos los niveles, particularmente hacia los más desprotegidos social y económicamente. Sus demandas y exigencias no se oyen, no se ven, no se sienten. Se ignoran, se disimulan, se pasan por alto, se apuesta a la fórmula del olvido histórico. Hasta el ”ilustre” arzobispo de Hermosillo, Ulises Macías, en vez de ponerse del lado de las víctimas y sus familias, les pidió ”olvidar y perdonar” en lugar de unirse al grito por justicia. ¡Qué vergüenza!

Hay una vil descomposición de los valores humanos entre quienes ejercen la función pública en general, cuyos representantes están sumidos en una modorra institucionalizada perfecta para preservar un país donde parece no estar pasando nada que favorezca a la población civil. La fallida guerra contra el narcotráfico ha sido la madre de todos los fracasos, pero le ha dado una causa al gobierno del actual presidente mexicano que como un Napoleón azteca quiere destronar el poder del narco prácticamente sin una estrategia inteligente, con un ejército infiltrado por los carteles y con cuerpos policiacos corruptos e inexpertos. Se enfocó en una guerra perdida de antemano que sólo introdujo el terror social en México, en lugar de enfocarse en emprender una batalla definitiva contra la pobreza y el desempleo. ¡Qué vergüenza!

A un año, Hermosillo tiene el dolor vigente de una profunda herida por la muerte de 49 niños, pero también germinó una enorme rabia por la impunidad que puede ser aún más dolorosa que la misma muerte. La justicia no llega, nadie levanta un dedo para castigar la negligencia, la corrupción, nadie investiga, nadie responde a los argumentos de un grupo de padres coherentes y que viven en el filo humano de la terrible experiencia de perder a un hijo. La indiferencia es contra todos, contra todos los mexicanos, contra el presente y el futuro de una patria cuyos gobernantes parecen no reaccionar a nada. Un país que no puede otorgar justicia a sus ciudadanos es un país fallido, es una nación perdida, sin rumbo, sin sentido de orden ni dignidad. ¡Qué vergüenza!

En estos momentos está llevándose la marcha de miles de personas en Hermosillo conmovidas por la peor tragedia que se recuerde en esta ciudad. Ha habido muchas de esas marchas en un año, en las que se ha exigido justicia a gritos, a llanto puro, a pura rabia en el alma, pero los impartidores de justicia nada oyen, nada ven, nadie actúa.  ¿Hasta cuándo, hasta cuándo? ¿Cómo se presiona en México para que se haga justicia?

Se necesita hallar responsables de la tragedia de la guardería ABC. Se requiere castigar a los culpables de 49 muertes, sean quienes sean.  Es todo lo que importa. Días de luto nacional o promesas oficiales no sirven ya para nada.

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Un corazón tendido al sol

Confieso que el día de mi cumpleaños siempre me hace sentir maravillosa. Todo el día parece uno de fiesta, como una tarde de domingo fresco y relajado. Un día en que se reporta conmigo mucha gente querida de aquí, de allá y de acullá. Esos que en todas las épocas de mi vida me tibian el corazón, en las etapas buenas y no tan buenas. Los que saben o intuyen quién soy realmente y siempre me ven con ojos generosos. ¡Si supieran lo importante que son para sostener la estructura de mi vida!, se asombrarían de verdad. Me dejan un pedacito de lo mejor de sí mismos y me lo dejan para nutrirme el alma por un buen rato.

El día de mi cumpleaños también me siento muy afortunada, muy plena en lo importante y con los valores bien asentados. Todo lo demás corresponde a las variables que hay que estar sorteando normalmente. Y uno aprende a surfear con los años las olas altas y a disfrutar la marea baja. Y este año, este día habrá luna llena preciosa que afortunadamente puedo disfrutar desde el interior de mi casa, gracias a unas ventanas tipo tragaluz. Además la noche será perfecta para una copita que marque el brindis por otro año más que se suma a la cuenta (que no es tan larga).

A estas alturas del juego, estoy más convencida que nunca de que la edad es una actitud, de plano, porque cada quien actúa según la edad de su espíritu. A los errores cometidos se los lleva el tiempo y se quedan en el pasado. Y se convierten sólo en experiencias necesarias para cometer muchos menos en el presente, así que uno poco a poco aprende a abordar los problemas sacando un capote rojo para torearlos con más gracia y soltura.

Es la belleza de seguir cumpliendo años. Es una maravilla que todos los días sean buenos, evoquen esperanza y dulzura. Es un enorme y fantástico milagro cada bocanada de aire que uno respira y todo lo que se deriva de ello. ¡Viva la vida! Y como sigue diciendo mi padre a sus 86 bien vividos años: ¡Vale la pena vivir!

¡Salud!

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EN VIDA MADRE, EN VIDA

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‘‘…y era mi madre

un árbol frondoso

plantado

en el centro de nosotros…’’

(María Rivera, ‘‘Hay batallas’’)

Hoy se cumplen 7 años de la muerte de mi madre. Hubiera completado 80 años de edad este pasado 31 de diciembre y casi estoy segura que hubiera seguido viviendo como una joven de 20 años sólo que con el cuero arrugado, como ella misma se describía pomposamente. Y era verdad. No había mujer más optimista, esperanzada y chispeante a la hora de las reuniones, tertulias o conversaciones. De ingenio rápido y claro, irradiaba un sentido de comodidad con su propia personalidad que invadía a los que tuviera enfrente, como una sensación de tibieza en un día frío, como un aire de frescura en uno caliente. Uno luchaba por separarse de su lado,  por no dejar escapar ese momento que ella hacía siempre interesante y positivo. Esa buena actitud la mantuvo en las tormentas de su vida y la hacía navegar a través de ellas hasta llegar al remanso de paz al que tarde o temprano ella sabía que arribaría. Jamás se dejó noquear por algún aspecto externo, porque –como nos decía a sus hijos cuando pasábamos por problemas y parecíamos ahogarnos en un vaso de agua— todo, absolutamente todo, puede resolverse de alguna manera si se usa un poco de inteligencia. El tiempo le ha dado la razón.

De hecho, su voluntad de hierro para ser y hacer lo que deseaba en la vida provino desde su infancia, a pesar de contar con las peores cartas de la baraja para iniciar el juego de la existencia. Nada le tambaleó sus sueños ni un ápice. ¿Por qué? Es una respuesta que me hubiera gustado haberla descubierto cuando ella vivía, haberle preguntado hasta el cansancio cuál era ese resorte indestructible con el que contaba para enfrentarse a todo aquello que pudiera haber escrito su futuro de otra manera. Con todo en contra y desde menos cero, como también solía decir, la hizo. Y a sus cinco hijos nos hizo partir desde varios puntos positivos hacia arriba con su esfuerzo y el de mi padre.

Daría cualquier cosa por saber de quién y donde oyó que había un mundo mejor por delante para ella. A quién podía haberle creído eso de que niñas humildes como ella podían hacerse la vida que desean, saber de quién sintió la esperanza de que todo se puede, de que sí hay salidas y entradas para el entusiasmo, la pasión, el amor por aprender y enseñar, por el esfuerzo, la honestidad y la pureza. Saber si ella lo concluyó por sí misma después de muchas frustraciones, llantos, carencias domésticas y saber el momento en que determinó que el destino sería suyo, el minuto en que sintió la certeza de que toda la vida estaba aún por delante, sin importar de donde partiera, incluso desde menos cero.

Ahora, su ausencia me hace comprender lo que ella siempre nos repetía: en vida hermano, en vida, como una advertencia de que la vida es tan efímera y que era de suma importancia capturar al máximo el momento que se pasa con la familia y la gente que se quiere mientras uno esté aquí. Yo dejé pasar muchas oportunidades en las últimas conversaciones con ella. Debí haber hurgado hasta el cansancio en sus sentimientos, en ella, en conocerla, pero sólo me limité a disfrutar del momento a su lado. Me vienen a la mente esas horas interminables riendo, tomando el sol en invierno frente a un costal de cacahuates con cáscara del que dábamos cuenta, o cocinando algo especial, paseando por las cavernas de Carlsbad o en algún museo en la Ciudad de México o festejando algún cumpleaños de mis hijas con un enorme pastel que ella siempre mandaba a hacer porque sus nietos sí tendrían esos privilegios que ella no tuvo de pequeña.

Una mujer aparentemente recia y estricta, pero con un corazón de terciopelo. Con una suavidad eterna que la reflejaba sólo en los actos, en los hechos, porque no creía en lágrimas ni sentimentalismos. Su motto era siempre el uso de la inteligencia con una precisión de bisturí, a fin de ahorrar las energías que usualmente las mujeres pierden en dramatizaciones emocionales para conseguir algo. Esas ‘‘esperadas’’ actitudes femeninas, siempre le parecieron insultantes a su inteligencia. Simplemente no las usaba, se las dejaba al resto que preferían no usar sus meninges. Claro, ella nunca lo dijo así.

Prácticamente dejó su legado para vivir como realmente queremos. Ella lo hizo de alguna manera. Con la ayuda indispensable de mi abuela Eloísa, su madre, cumplió con todas las formas sociales al pie de la letra. No le costaba seguir los caminos ya trazados. A eso le agregó los suyos. Tal vez era una cuestión personal de dignidad o de honrarse a sí misma y con ello a nosotros. Llevó a mi padre de la mano por su vida con un decoro impresionante, como pareja y como persona. No hubo ninguna falta, ningún atajo para conseguir una meta. Todo hecho a la buena, con trabajo, con esperanza, con tesón, con honor. Se casó con toda la belleza que pudo para atesorar ese momento como único, con el vestido caro de satín que realmente le gustó, con el hombre bueno que sabía que sería un intachable padre y marido y entre la gente que los apreciaba que era mucha. Dio a luz a sus cinco hijos en la Maternidad Teresita de la entonces aristocrática Colonia Pitic de Hermosillo, sin importar lo que costara, podían sufragarlo. Se esmeró que nosotros tuviéramos todos los sacramentos religiosos y documentales de la vida civil posible. Sus hijos no pasarían lo que ella pasó. Después, una vida decorosa, de clase media, con viajes frecuentes, comidas abundantes, ropas, compras, estudios pagados en Estados Unidos, carros nuevos de agencia y todo el sistema de vida al que se integraron en las décadas de los 60, 70 y 80’s.

Como maestra de tiempo completo en la secundaria de la Universidad de Sonora, cuántos fines de semana mis hermanos y yo vimos la misma estampa de mi madre sentada en la mesa del comedor con pilas de exámenes para calificar. Al ofrecernos a ayudarle, con gusto nos daba un lápiz rojo con una prueba contestada de ejemplo para que procediéramos. Cuando hallábamos un caso donde prácticamente el alumno tenía todas las respuestas mal, se lo decíamos y ella miraba el nombre escrito, se quedaba pensando tal vez en el muchacho y revisaba el examen buscando con ojos entristecidos alguna forma de ayudarle con la calificación. Mi madre era especialmente sensible hacia los alumnos humildes que tenían ganas de aprender, de hacer algo más en la vida. Otras veces, la veíamos trabajar haciendo los exámenes en la misma mesa del comedor, alargando los esténciles tamaño oficio y corrigiendo con un líquido rojo que esparcía su olor por toda la casa.

Mi padre sigue recordándola como esa compañera con la que nunca se tuvieron contrariedades de ningún tipo y sí muchas alegrías compartidas en 45 años de vida juntos. Todavía solloza y se le pierde la mirada ante algún recuerdo jocoso que le hace recordar el fino sentido del humor de mi madre.

Yo añoro sus chistes, su entusiasmo, esa calidez que sigue entibiándome el alma con tanto orgullo por ser su hija.

Si tan sólo hubiera dedicado más tiempo a escucharla, a comprenderla, a saber sus verdades, sus por qués, sus secretos. Si tan sólo hubiera entendido entonces que la conexión era ya, en ese momento y contínua, mientras uno siguiera respirando en este planeta, hubiera dejado todo que ahora parece tan insignificante y hubiera hecho lo que ella bien decía que merecía nuestra atención: en vida, en vida. Tenías razón. Era en vida madre, en vida.

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DE AGRADECIMIENTOS, TERNURAS, REENCUENTROS Y DESAMORES

Perdón por este silencio de casi tres meses en este blog. Sin ser excusa, en todo ese tiempo he andado en los trajines de la vida que nunca faltan, pero que a veces se acumulan. Desde un par de viajes a la Ciudad de México (por cierto muy fructíferos), reencuentros con gente estimadísima de mucho tiempo atrás, la experiencia del desamor de la persona más especial para mí (que estoy segura que volverá algún día a su esencia y a su familia), hasta el sufrimiento de un falso diagnóstico médico a mi padre (ahora de 86 años y con una salud increíble) y la continuación intensa de la búsqueda de la ternura en mi vida, entre otros proyectos que siguen por ahí su curso. Seguir leyendo

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LA INDECENCIA ABSOLUTA

Tres meses se cumplieron desde el fatal incendio en la guardería ABC que cobró 49 vidas y no se ha hecho justicia. Han fallado todas las autoridades encargadas de esclarecerlo y castigar a los culpables de tal negligencia. Todo el aparato judicial resultó un enorme monstruo que como elefante blanco sólo consume una gran cantidad de recursos sin cumplir sus funciones ni propósitos, dejando a la sociedad civil completamente indefensa. Y eso se llama indecencia absoluta.

Tres meses de dolor e impotencia, de realizar 11 marchas, de dimes y diretes, de ligereza de un gobernador corrupto e inepto que sólo espera una semana más para salir lavándose las manos de la mayor tragedia por la que será recordado Hermosillo en la historia nacional e incluso internacional. El caso de los niños de la guardería ABC exhibe la impunidad prevaleciente en México y constituye una marca vergonzosa no sólo para el nefasto aparato judicial sino también para el ejecutivo y legislativo que no han reaccionado a la altura de un incendio de esta dimensión que conmocionó al mundo entero.

La Procuraduría General de la República (PGR) y la estatal efectuaron ‘investigaciones’ sobre el siniestro, pero que están a mil años luz de ser verdaderos expedientes de datos investigados de manera profesional y científica. Aparte de que no existe el interés de los funcionarios judiciales de perder sus cargos, sólo se dedican a prolongar el ‘‘chambismo’’ de hacer como que trabajan para no importunar a sus jefes. Como es usual, no se aplicó ningún tipo de rigor en las investigaciones. A la fecha no entregan nada convincente, contundente, creíble, sensible. La indecencia en todo su esplendor, pues.

El ejecutivo. Ni el presidente Felipe Calderón y mucho menos el gobernador sonorense Eduardo Bours que va de salida, jamás se avocaron a aplicar toda su voluntad política para empujar acciones aclaratorias de todo tipo ante un desastre de esa magnitud donde 49 niños perdieron la vida. Ninguno reaccionó con un poco de sensibilidad. De Bours no se podía esperar nada, ya que los dueños de la guardería eran sus amigos y parte del círculo de ‘‘intocables’’ en Sonora, así que más bien se dedicó a protegerlos lo máximo que pudo. A una semana de concluir su sexenio, practicó a todas luces una indecencia absoluta al ofrecer un fondo fantasma a los padres de los pequeños para acallarlos, al dejar al estado hundido en una deuda enorme, mientras él se divirtió en cabalgatas ridículas, jugó el papel de bravucón político, se auto asignó bonos millonarios de gratificación junto a sus principales colaboradores, siguió con su vida de millonario que compra caballos pura sangre en el extranjero de cientos de miles de dólares, etc. Su vida, pues, no cambió antes ni después de la muerte masiva de la guardería. Cínicamente dejó en claro que dormía como bebé pese a la tragedia.

El poder legislativo. A nivel federal, fuera de algunos berrinches en la tribuna, nunca hubo una presión extrema o una acción concreta sobre el caso de las muertes en la guardería ABC. ¿Y cómo si estaban tan ocupados en su propio paraíso terrenal, gastando los dineros públicos en los gigantescos sueldos y viáticos que reciben? Una cámara de 500 diputados que sólo gastan cantidades exorbitantes para legislar poco y mal  (Los inmorales de San Lázaro), que están divorciados de los asuntos de la vida nacional y que desperdician más tiempo en pleitos partidistas que en presentar iniciativas de ley. De desaparecer, a México no le haría ninguna falta esa clase de legisladores (sic).

Dentro de este panorama de autoridades apáticas, profundamente corruptas y que ‘no dieron la lata’, el lado positivo es que esta ineptitud e indecencia gubernamental sí cambió a Sonora. El estado es otro. La sociedad civil maduró de golpe. El ejemplo es la lucha que están dando los padres de las víctimas del incencio. En las entrevistas que he escuchado en todos los medios nacionales e internacionales, sus argumentos son congruentes, lúcidos, claros. Su dolor los ha llevado a sacar lo mejor de ellos mismos porque se les despojó de lo más preciado que cualquier ser humano posee: la vida de sus hijos. Se les colocó en el filo del abismo y están dando una batalla ejemplar por justicia. Para mi, ese es el tipo de ciudadano que se requiere en el servicio público. No se doblegaron ante el ‘cañonazo’ monetario que les ofreció Bours ni han cedido un ápice a sus principios en su grito por justicia.

En este punto de su lucha, personalmente creo que las marchas no están funcionando como forma de protesta. No por la marcha en sí sino porque estamos frente a autoridades que no ven, no escuchan ni sienten, que no hacen su trabajo ni hay nadie ni nada que los presione lo suficientemente para que actúen. Todas las instancias de gobierno carecen de voluntad política para responder a las necesidades de la sociedad civil. Tal vez podrían ‘escuchar’ a voces u organismos extranjeros. Es una posibilidad, como lo sería la exhibición de la falta de justicia en el país y en Sonora ante 49 muertes que siguen impunes después de 3 meses.

Es el país también el que pasa por una coyuntura especial porque es la sociedad civil la que está gritando BASTA. Y será la gente, el pueblo, las clases medias y bajas las que tendrán que fijar el rumbo del México que queremos. Ya han surgido varias iniciativas interesantes como la del ‘‘Movimiento 2010: por la refundación de México’’ impulsada por Alberto Carral Dávila Movimiento 2010, cuya declaración no tiene desperdicio: http://www.indymedia.org/media/2009/07//927108.pdf

Lo más interesante es que esta conciencia civil que se mueve se inicia justo a tiempo para el año decisorio del 2012, cuando tal vez los mexicanos elegirán a sus gobernantes de una forma muy distinta a la que hasta ahora hemos visto. Por lo menos buscaremos votar por gente que sí nos convenza a cabalidad, por aquellos que sus pensamientos sean congruentes con sus acciones. Y siendo así, es altamente probable que los actuales políticos sean borrados del mapa electoral por el mismo pueblo que hasta ahora han ignorado.

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