SIN AMOR NO SE PUEDE VIVIR…

‘‘La vida sin amor

es un fuego sin pasión,

la vida sin amor

no sirve ya a mi corazón

pues olvidé amar..’’

(Il Divo)

‘‘Sin amor no se puede vivir’’, fue la frase que escuché insistentemente como un sonsonete en los últimos meses de dos ancianos de 85 y 78 años, quienes por separado llegaron a esa especie de conclusión después de enviudar y enfrentar una soledad desconocida que no han llenado los hijos, la familia ni los amigos.

A pesar de ser tan opuestos como el día y la noche, como la sal y el azúcar, ambos repiten las mismas palabras, luego de que los dos completaron un digno, loable rol como padres y compañeros en una aventura matrimonial de 45 años casados con sus respectivas mujeres, quienes en vida fueron mi madre y mi suegra.

En el caso de mi padre quien recién cumplió 85 años, la repetición de ese estribillo que ahora se volvió prácticamente su leitmotiv, de hecho no nos sorprendió demasiado ya que este hombre que en su juventud gozó de una pinta increíble, sigue sintiéndose joven de corazón y también respecto a otras funciones físicas. Sigue siendo un tipo siempre risueño, tan divertido que a veces puede rayar en lo ‘cachondo’ y conserva aún ese brillo especial en sus ojos por nimiedades como una fragante taza de café ante cuyo placer de beberla le atribuye que la vida vale la pena vivirse, o disfruta como nadie un trago de buen whisky, una cerveza heladísima, un aguacate perfecto o la presencia de una bella mujer que pase por sus cercanías. Vale la pena vivir, dice cada vez que aprecia uno de esos placeres simples. Es fresco, sencillo, ingenioso.

Cuando yo era niña, él era mi héroe absoluto, un hombrazo ante mis ojos infantiles con ese color moreno oscuro y firme en su piel, al que llamo el tono michoacano que yo heredé y aprendí a valorar como una fantástica parte de mi identidad que no cambiaría por nada del mundo. Me encanta verlo aún con ese ánimo que no se rinde del todo, al igual que cuando era joven y nos deleitaban sus juegos de palabras, a los que también era aficionado su hermano, mi tío Pancho, que en paz descanse ya. Hay docenas de esas frases y trabalenguas acuñados por mi padre que sabemos de memoria y usamos todos sus descendientes para agregar unas cuantas sonrisas a nuestros días. En este punto, me conmueve hasta las lágrimas ver el paso de los años en esa figura central en mi vida y me siento llena de amor por ese hombre que adoró y respetó a mi mamá hasta límites que pocos hubieran resistido con tanta gracia para mantener un ambiente familiar armonioso y alegre. Lo observo en esta avanzada edad y recuerdo las profecías que hacía de su futuro cuando fuera anciano, en las que se imaginaba vestido siempre de traje, ‘‘de tacuchi’’ para él, elegantísimo, y montado en una limusina con chofer uniformado por disposición de sus hijos, los que también se encargarían de traerlo del tingo al tango por lugares remotos y exóticos entreverado con lapsos de reposo placentero en una apabullante mansión. Todavía parece que lo veo pavonearse con esa ilusión, lleno de orgullo imaginando ese posible porvenir.

Hasta ahora lleva sus años a cuestas con dignidad, aunque de repente quiere perder la compostura. Se ha vuelto un hombre de risa y lágrima fácil, sin miedo a muchos estigmas machistas como cuando tomó clases de corte y confección en el club de pensionados y jubilados al que asiste desde hace varios años y donde adquirió habilidades para ‘practicar’ con cuanto pedazo de tela se le atraviese. Ahí también aprendió a tejer con agujas y me comentó que está pensando en tomar clases de yoga, si no fuera por esa espalda y rodillas adoloridas. Eso sí, busca remedios rápidos contra el envejecimiento con el geriatra que lo atiende. La edad se le ha vuelto una carga y un acertijo, a pesar de tener una salud envidiable y una fuerza física de mucha utilidad en las cotidianidades domésticas. De hecho ese cuerpo octogenario al que todavía se le aprecian algunos músculos en brazos y piernas, que muestra bastante firmeza en la piel y que cuenta con todos sus dientes originales intactos, es la manzana de la discordia que parece sembrarle el entredicho en su cabeza de que tal vez podría quedar tiempo para iniciar nuevamente una relación amorosa.

Esa resistencia fisiológica que yo le achaco a una cepa de buenos genes de su familia michoacana mezcla de indios purépechas, algunos españoles y uno que otro judío, según él mismo cuenta, aunado a su actitud relajada, de entrega a la vida y una buena alimentación, lo ha hecho aguantar así tan entero los embates del tiempo, lo cual es una bendición, pero también puede ser el factor que le haga pensar que sigue siendo suficientemente joven para el amor.

Fue el mayor de 17 hijos, de los que sólo sobrevivieron tres, él, Francisco y Guadalupe, mi guapísima tía que se hizo monja de la orden del Sagrado Corazón de Jesús a los 18 años de edad, cuando en la única fotografía que tengo de esa época, luce como una muchacha bellísima, alta, morena y delgada. Tenía un no-sé-qué en la mirada, en sus movimientos, su voz, su risa. Yo la recuerdo bien porque sus sobrinos nos convertimos en el foco de su atención hasta bien entrada nuestra adolescencia y disfrutó con nosotros un par de veranos en Guadalajara y Hermosillo, antes de su prematura muerte alrededor de los 50 años en la Ciudad de México. Entre las mejores anécdotas está la de cuando les anunció a sus hermanos que entraría a la orden religiosa y ellos la trataron de disuadir recordándole que con su atractivo físico podría atraer a un buen hombre con quien casarse, pero ella les respondió que sí se casaría pero con Jesucristo, a lo que ambos después de oírla se dijeron festivos uno al otro que ‘‘ni cuñadazo vamos a tener’’. Su única hermana se convirtió en Sor Flora María de Jesús, se hizo chef, aprendió inglés y viajó por muchos conventos en Estados Unidos y México, desde donde nos envió fotos, postales y cartas.

Últimamente mi padre dice que se la pasa recordando, que tiene mucho tiempo para pensar con tanta soledad entre sus manos. Todavía llora por mi madre, cuando recuerda sus constantes bromas y el intenso trabajo que realizaron a la par para sacar adelante a su familia juntos y darse algunos lujos económicos propios de la clase media trabajadora de los 60’s y 70’s.

Cuando la añoranza de mi madre le pega más duro, suelta un llanto desgarrador que le dibuja un rictus en el rostro como pareciendo reclamar una respuesta lógica a la muerte, a esa pérdida a destiempo. Le cuesta entender la muerte, pensarla, concebirla como la razón que le arrebató a esa mujer de su lado, así tan de repente, sin estar preparado. Nos partió el alma cuando nos dimos cuenta que días después de la muerte de mi mamá, él siguió yendo inconscientemente a las 5 de la mañana al hospital donde ella permaneció dos semanas hasta que recapacitaba que ya nada tenía que hacer ahí y regresaba compungido a casa. Estos años ha repasado las fotografías hasta el cansancio, esas de su matrimonio donde lucen espléndidos y se le viene encima una catapulta de recuerdos que le aguan otra vez los ojos y el alma. Ve las fotos de sus hijos, de sus viajes, de lo que tuvieron, de sus alumnos en ese taller de Artes y Oficios donde se acuñaron tantas anécdotas y célebres chistes. Muchos de esos muchachos a los que él formó en el taller de rectificación automotriz lo siguen visitando, lo invitan a sus prósperos talleres y a sus casas, le envían regalos, postales y comparten los éxitos con su inolvidable profesor Ricardo.

Sus intentos por apañar la soledad han sido infructuosos y torpes hasta ahora. Ha querido buscar una mujer para que lo acompañe en lo que le resta de vida, pero ha encontrado candidatas con la disposición a ‘cuidarlo’ si les deja la pensión económica y carga con sus hijos. Él representa una solución práctica a los problemas de esas mujeres que tal vez son demasiado jóvenes y están marcadas por las hondas cicatrices de tantas crisis económicas en sus pasados. Hay conveniencia para ambas partes, pero no amor. Y ese es mi argumento ante mi padre. Si surge un amor cultivado de una profunda amistad y una simpatía mutua, esa es causa válida y legítima para traer a una nueva mujer a su vida, pero si la razón de unirse a alguien no la basa básicamente en ese sentimiento, creo que no existirá nunca una unión verdadera y bonita. No ha sucedido y él no se ha dado por vencido. Incluso ha forzado la búsqueda de una compañera con extensas investigaciones de campo, en las que ha cubierto el territorio a su alrededor y ha incluido a quienes le surten las medicinas, a amigas del club de pensionados, cajeras de bancos y supermercados que frecuenta, las enfermeras que le hacen los análisis, las auxiliares con la limpieza doméstica o indaga la disponibilidad de cualquier fémina madura de buena apariencia, la que va pasando, etcétera. A veces me parece que se les abalanza como lobo hambriento sobre su presa blandiendo el arma de su simpatía, sin reparar en muchos detalles. No sabe qué hacer con tanta libertad ni con tanta soledad. Y una mujer es la única respuesta que se le ocurre contra esa doble desesperación.

En cuanto a mi suegro, curiosamente la misma frase se la escuché frecuentemente el verano pasado y estoy segura que no la ha oído de mi padre. ‘‘Es que sin amor no se puede vivir’’, repite cada vez que puede animado por las viejas canciones que hablan de amores inolvidables y lejanos que ha vuelto a escuchar en sus largos días solitarios. A pesar de su personalidad adusta y conservadora, a sus 78 años ha comenzado a visitar asiduamente a una vieja amiga que fue su primer amor platónico en la adolescencia. Hace su lucha también aferrado a la esperanza de que se puede comenzar de nuevo. Lo raro en él es que proviene de una familia donde varias generaciones de sus miembros varones han ninguneado el amor como puntal de la vida y el matrimonio, creyendo fervorosamente en que la trascendencia fundamental de la mujer es la maternidad. Algunos de los hombres de mi familia política difunden (aún) con pasión que cuando se conoce a una mujer que les gusta, la pregunta lógica que se hacen a sí mismos es si ésta podría ser la madre ideal para sus hijos. Y el amor se contempla más como una fantasía de gente idealista.

Mi padre aferrado al gusto por vivir y mi suegro a las cuentas de su rosario, le arrancaron el secreto tardío a sus corazones de que sin amor no se puede vivir. Y esa es una verdad definitiva que me pregunto si será más urgente cuando uno está en el filo del propio abismo personal o se trata de una revelación de quien quiere agarrarse a una tabla de salvación en el último tramo de la vida y sencillamente no se resigna a negarse otra oportunidad de volver a amar viviendo o vivir amando.

Estos dos viejos lúcidos desean volver a engancharse al vagón donde viajaron durante más de 4 décadas y ahora que experimentaron el desamor paralizante en carne propia, se percataron de que la vida de repente se vuelve más árida sin una mujer a su lado y que simplemente sin amor no se puede vivir…

Acerca de Yolanda

Mujer que sigue aprendiendo a ser feliz en el camino y a disfrutar esta maravillosa vida sin excepciones. Mis placeres son la literatura, los libros en general, la música, el cine y la gente que quiero.
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4 respuestas a SIN AMOR NO SE PUEDE VIVIR…

  1. pina dijo:

    ¡Hola, Yolanda!
    Me alegra que hayas iniciado este espacio. Y más me agrada que el nombre del blog esté relacionado con la astronomía, a al que estaremos festejando en este 2009.

    Un abrazote

  2. sarhy dijo:

    Querida Yolanda te aventaste¡¡¡¡

    Me partiste el alma,sin amor…es dificil,que me vas a decir a mi.Fijate me enfermé de bronquitis ésta semana,me sentia tan mal¡¡¡que me hacia falta tener a mi lado alguien que me confortara,que me abrazara,me aventara una pastilla,yo creo que ni con las quimios me sentia tan sola,y mi sistema inmunologico se resistía,era mas la soledad…que la enfermedad. Un abrazo.

  3. lyna dijo:

    Felicidades amiga añorada…tan lejos y tan cerca de mi corazón,,,
    y aun con la vista aguada y un tanto emocionada tras devorar cada renglon escrito con alma y sobrada palpitación,,,me llevaste al baul de los recuerdos ,,de aquellas preciadas décadas compartidas en la que disfruté de las charlas enmieladas, de la sonrisa coqueta de tu padre y la respuesta afable de tu madre…!que tiempos aquellos !!
    cuantas afinidades y coincidencias nos identifican. A la inversa de tu realidad, yo lamento la partida anticipada de mi padre y con tristeza veo la añoranza de mi madre que se resiste a enfrentar la realidad y como si todo siguiera igual,,tras la madrugada,,sigue cumpliendole al viejo el ritual del aromatico cafe de talega,,llevado a un altar que se ha convertido en su rincon favorito,su punto de encuentro y comunicación con aquel amor que compartio sus casi 6 decadas…y es que,,SIN amor no se puede vivir,,,me lo ha repetido tantas veces. Te sobra razón .
    Con tu artículo nos has llevado al punto de reflexión. Gracias por estar aqui y por ese estilo tan tuyo que nos atrapa en tiempo y distancia.
    …que vengan muchos mas momentos de lectura con vibra. Tu amiga Lyna.

  4. NORMA MUNOZ MACIAS dijo:

    debes sentirte muy orgullosa de tu querido padre,que en mi humilde opinion es un tipazo,aunque tengo rato que no lo veo,se por otra gente que esta excelenemente bien,como un roble y acuerdate que hizo inmensamente feliz a tu mama,para mi fue un matrimonio ejemplar,hay que tomarlos de ejemplo..te qiero mucho….

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