SIN AMOR NO SE PUEDE VIVIR…-2-

El amor nunca terminará de ser el tema eterno y central en la vida y en las discusiones de todo tipo. Y es que es un estado que nos envuelve, marca, cambia rumbos, trasciende espacio y tiempo, economías, personalidades, fronteras, nos vuelve locos o cuerdos, nos hace cargar y sentir la humanidad a cuestas con todos los efectos posibles. Vivir el amor o el desamor transtorna toda la perspectiva de nuestro horizonte. Así que por más escéptico que se sea o por más que se prescinda del amor, uno nunca se escapa de necesitarlo…Como decía Julio Cortázar con toda la lucidez que lo caracterizaba, el amor es la más extrema sed antropológica…Tal vez por eso no dejamos de buscarlo por más fracasos que vivamos en la vida…

En la primera parte del post de  ”sin amor no se puede vivir..” que repiten insistentemente dos ancianos, mi padre y mi suegro, recibí varios comentarios interesantes y otros muy conmovedores. Se inició, pues, la tertulia que quiere provocar este blog. Una de esas respuestas fue una historia de amor tardía, real, enviada por el excompañero periodista y amigo Luis Alfonso Partida, a quien estoy a punto de rogarle que sea colaborador en este blog por lo mucho que disfruto sus magníficos emails…Es lo que vivió el mayor de sus 13 hermanos, un conocido periodista también, quien cree que su historia no tiene nada de extraordinario, porque –como dice él– está convencido de que ”en el amor y el éxito, así como en el desamor y el fracaso sólo coinciden un millón de casualidades”….¡Ese es precisamente el milagro, lograr esa extraordinaria posibilidad!….Si no se hace famoso, me advierte Luis Alfonso con su eterno sentido del humor, por lo menos su historia podría servir para levantar el ánimo a los amantes de poca fe que no creen en la coincidencia de un millón de casualidades…

Textualmente, esta es la historia del reencuentro con el amor de su hermano, el Cheché…

”Allí te va una de amores…..
Esto ocurrió en Hermosillo.
ÉL, casi un joven, de clase pobre.
Ella, casi una niña, de clase acomodada.

Él se enamoró perdidamente de ella, en los sesentas.
Ella intentó corresponder, pero las circunstancias económicas y de nivel social, impidieron la relación.
Él intentó enamorarla.
Ella se dejó querer.
Él procuró cautivarla con flores y serenatas.
La mamá de ella lo impidió.
Pero la abuelita alcahueta de ella, a espaldas de la mamá, le daba manera a él para verse por lo menos de ventana a ventana, entre reja y reja, uno que otro suspiro entre los tortolitos.

En alguna ocasión, él recayó en el hospital por una hernia. Esperó con ansiedad que ella –por lástima, por lo menos– fuera a verlo en cama. Eso nunca ocurrió.

La mamá de él, Doña Esperanza, nunca la perdonó por eso.
Luego de recuperarse, él supo que ella contraería matrimonio con un tipo ”recomendado” de la mamá de ella.
Eso bastó para matar de tajo cualquier oportunidad.
El tiempo transcurrió inexorablemente.
Ambos hicieron vida, por separado.
Ella se casó con un ejecutivo aviador.
Él lo hizo con una humilde encargada de una abarrotera.
Mucho tiempo después, él sufriría la muerte de la dama con la que procreó sus seis hijos.
No parecía reponerse. El dolor y la depresión lo hicieron presa.
A pesar de contar con la bendición de sus 14 nietos, la soledad se alistaba para ser su eterna compañía.
La mamá de ella murió. La nana alcahaueta de ella, también.
La mamá de él, Doña Esperanza, más recientemente, se fue a otro mundo.

Recientemente, él, ahora dueño de un negocio de Hermosillo, recibió la noticia de su empleada recién contratada, en el sentido de que su tía lo conocía.
¿Quién es ella???, preguntó él.  “Mi tía. Dice que fue su novia…”, contestó imprudente la niña.
Cupido de estas dos vidas errantes, la niña llevó también, de aquella, la invitación de una cita a comer con la tía. Él aceptó sin pensarlo dos veces.
Ironías del destino: la casa de ella estaba a sólo cuadras del negocio de él. A unos cuantos pasos. Allí fue la cita de un reencuentro de un par de viudos.
Él, de sesenta y tantos años de edad. Viudo con seis hijos, cinco hombres y una mujer.
Ella, de cincuenta y tantos, también viuda, con tres hijos, dos varones y una mujer.
Hoy, casi cincuenta y tantos años después, el destino se ha encargado de unir dos corazones que parece nunca debieron de separarse.
No todos los hijos de ambos están de acuerdo, pese a que la felicidad cunde el corazón de los dos viejos. Pero, para ellos, la historia se repite: antes como ahora, hay gente que se opone a su amor.
Hoy en día, él es el hombre más feliz del mundo.
Ella, se deja querer entre besos, piropos y acurrumacos, como hace cuarenta y tantos años.

Ambos viven juntos en Hermosillo.
Ella se llama María Julia.

Él se llama José Angel Partida. Pilar de seis hijos que procreó y hermano mayor de mi repertorio de hermanos que fuimos 14. Hoy quedamos 10.
No es porque sea mi hermano, un alma de Dios, hombre congruente y auténtico líder, pero no se merecía vivir solo su tercera edad, por lo que Dios le ha dado un papel protagónico en una auténtica historia de amor arrancada de una novela.

Para que veas, Yolanda, ”…Sin amor no se puede vivir…”. Y por lo que respecta a tu padre y suegro, mientras exista vida…”

Acerca de Yolanda

Mujer que sigue aprendiendo a ser feliz en el camino y a disfrutar esta maravillosa vida sin excepciones. Mis placeres son la literatura, los libros en general, la música, el cine y la gente que quiero.
Esta entrada fue publicada en La cotidianidad. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s