EN VIDA MADRE, EN VIDA

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‘‘…y era mi madre

un árbol frondoso

plantado

en el centro de nosotros…’’

(María Rivera, ‘‘Hay batallas’’)

Hoy se cumplen 7 años de la muerte de mi madre. Hubiera completado 80 años de edad este pasado 31 de diciembre y casi estoy segura que hubiera seguido viviendo como una joven de 20 años sólo que con el cuero arrugado, como ella misma se describía pomposamente. Y era verdad. No había mujer más optimista, esperanzada y chispeante a la hora de las reuniones, tertulias o conversaciones. De ingenio rápido y claro, irradiaba un sentido de comodidad con su propia personalidad que invadía a los que tuviera enfrente, como una sensación de tibieza en un día frío, como un aire de frescura en uno caliente. Uno luchaba por separarse de su lado,  por no dejar escapar ese momento que ella hacía siempre interesante y positivo. Esa buena actitud la mantuvo en las tormentas de su vida y la hacía navegar a través de ellas hasta llegar al remanso de paz al que tarde o temprano ella sabía que arribaría. Jamás se dejó noquear por algún aspecto externo, porque –como nos decía a sus hijos cuando pasábamos por problemas y parecíamos ahogarnos en un vaso de agua— todo, absolutamente todo, puede resolverse de alguna manera si se usa un poco de inteligencia. El tiempo le ha dado la razón.

De hecho, su voluntad de hierro para ser y hacer lo que deseaba en la vida provino desde su infancia, a pesar de contar con las peores cartas de la baraja para iniciar el juego de la existencia. Nada le tambaleó sus sueños ni un ápice. ¿Por qué? Es una respuesta que me hubiera gustado haberla descubierto cuando ella vivía, haberle preguntado hasta el cansancio cuál era ese resorte indestructible con el que contaba para enfrentarse a todo aquello que pudiera haber escrito su futuro de otra manera. Con todo en contra y desde menos cero, como también solía decir, la hizo. Y a sus cinco hijos nos hizo partir desde varios puntos positivos hacia arriba con su esfuerzo y el de mi padre.

Daría cualquier cosa por saber de quién y donde oyó que había un mundo mejor por delante para ella. A quién podía haberle creído eso de que niñas humildes como ella podían hacerse la vida que desean, saber de quién sintió la esperanza de que todo se puede, de que sí hay salidas y entradas para el entusiasmo, la pasión, el amor por aprender y enseñar, por el esfuerzo, la honestidad y la pureza. Saber si ella lo concluyó por sí misma después de muchas frustraciones, llantos, carencias domésticas y saber el momento en que determinó que el destino sería suyo, el minuto en que sintió la certeza de que toda la vida estaba aún por delante, sin importar de donde partiera, incluso desde menos cero.

Ahora, su ausencia me hace comprender lo que ella siempre nos repetía: en vida hermano, en vida, como una advertencia de que la vida es tan efímera y que era de suma importancia capturar al máximo el momento que se pasa con la familia y la gente que se quiere mientras uno esté aquí. Yo dejé pasar muchas oportunidades en las últimas conversaciones con ella. Debí haber hurgado hasta el cansancio en sus sentimientos, en ella, en conocerla, pero sólo me limité a disfrutar del momento a su lado. Me vienen a la mente esas horas interminables riendo, tomando el sol en invierno frente a un costal de cacahuates con cáscara del que dábamos cuenta, o cocinando algo especial, paseando por las cavernas de Carlsbad o en algún museo en la Ciudad de México o festejando algún cumpleaños de mis hijas con un enorme pastel que ella siempre mandaba a hacer porque sus nietos sí tendrían esos privilegios que ella no tuvo de pequeña.

Una mujer aparentemente recia y estricta, pero con un corazón de terciopelo. Con una suavidad eterna que la reflejaba sólo en los actos, en los hechos, porque no creía en lágrimas ni sentimentalismos. Su motto era siempre el uso de la inteligencia con una precisión de bisturí, a fin de ahorrar las energías que usualmente las mujeres pierden en dramatizaciones emocionales para conseguir algo. Esas ‘‘esperadas’’ actitudes femeninas, siempre le parecieron insultantes a su inteligencia. Simplemente no las usaba, se las dejaba al resto que preferían no usar sus meninges. Claro, ella nunca lo dijo así.

Prácticamente dejó su legado para vivir como realmente queremos. Ella lo hizo de alguna manera. Con la ayuda indispensable de mi abuela Eloísa, su madre, cumplió con todas las formas sociales al pie de la letra. No le costaba seguir los caminos ya trazados. A eso le agregó los suyos. Tal vez era una cuestión personal de dignidad o de honrarse a sí misma y con ello a nosotros. Llevó a mi padre de la mano por su vida con un decoro impresionante, como pareja y como persona. No hubo ninguna falta, ningún atajo para conseguir una meta. Todo hecho a la buena, con trabajo, con esperanza, con tesón, con honor. Se casó con toda la belleza que pudo para atesorar ese momento como único, con el vestido caro de satín que realmente le gustó, con el hombre bueno que sabía que sería un intachable padre y marido y entre la gente que los apreciaba que era mucha. Dio a luz a sus cinco hijos en la Maternidad Teresita de la entonces aristocrática Colonia Pitic de Hermosillo, sin importar lo que costara, podían sufragarlo. Se esmeró que nosotros tuviéramos todos los sacramentos religiosos y documentales de la vida civil posible. Sus hijos no pasarían lo que ella pasó. Después, una vida decorosa, de clase media, con viajes frecuentes, comidas abundantes, ropas, compras, estudios pagados en Estados Unidos, carros nuevos de agencia y todo el sistema de vida al que se integraron en las décadas de los 60, 70 y 80’s.

Como maestra de tiempo completo en la secundaria de la Universidad de Sonora, cuántos fines de semana mis hermanos y yo vimos la misma estampa de mi madre sentada en la mesa del comedor con pilas de exámenes para calificar. Al ofrecernos a ayudarle, con gusto nos daba un lápiz rojo con una prueba contestada de ejemplo para que procediéramos. Cuando hallábamos un caso donde prácticamente el alumno tenía todas las respuestas mal, se lo decíamos y ella miraba el nombre escrito, se quedaba pensando tal vez en el muchacho y revisaba el examen buscando con ojos entristecidos alguna forma de ayudarle con la calificación. Mi madre era especialmente sensible hacia los alumnos humildes que tenían ganas de aprender, de hacer algo más en la vida. Otras veces, la veíamos trabajar haciendo los exámenes en la misma mesa del comedor, alargando los esténciles tamaño oficio y corrigiendo con un líquido rojo que esparcía su olor por toda la casa.

Mi padre sigue recordándola como esa compañera con la que nunca se tuvieron contrariedades de ningún tipo y sí muchas alegrías compartidas en 45 años de vida juntos. Todavía solloza y se le pierde la mirada ante algún recuerdo jocoso que le hace recordar el fino sentido del humor de mi madre.

Yo añoro sus chistes, su entusiasmo, esa calidez que sigue entibiándome el alma con tanto orgullo por ser su hija.

Si tan sólo hubiera dedicado más tiempo a escucharla, a comprenderla, a saber sus verdades, sus por qués, sus secretos. Si tan sólo hubiera entendido entonces que la conexión era ya, en ese momento y contínua, mientras uno siguiera respirando en este planeta, hubiera dejado todo que ahora parece tan insignificante y hubiera hecho lo que ella bien decía que merecía nuestra atención: en vida, en vida. Tenías razón. Era en vida madre, en vida.

Acerca de Yolanda

Mujer que sigue aprendiendo a ser feliz en el camino y a disfrutar esta maravillosa vida sin excepciones. Mis placeres son la literatura, los libros en general, la música, el cine y la gente que quiero.
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15 respuestas a EN VIDA MADRE, EN VIDA

  1. pina dijo:

    Gracias por compartir esta exhalación, Yolanda.
    Tenía ganas de abrazarte y lo hago hoy.

    Recuerdo mucho y con especial afecto y admiración a tu madre.

  2. SERGIO MUÑOZ MARIN dijo:

    DEFINITIVAMENTE QUE UN GRAN RECUERDO TENGO AUN DE ESA GRAN MAESTRA, PERSONA , APOYO QUE FUE EN MI FORMACION , SOLO TENGO UNA BELLA IMAGEN DE ELLA . FELICIDADES DONDE SEA QUE ESTES !

  3. Coyito Frías dijo:

    Yolanda, tu mamá fue una mujer admirable que siempre estará en nuestros corazones. Estaría orgullosa y feliz de ver los pensamientos que le dedicas. Saludos.

  4. Coyito Frías dijo:

    Es increible como se parece Ileana a tu mamá en la foto de primera comunión.

  5. Maribel Armenta dijo:

    Hola, Yolanda…qué gusto saludarte y saber de ti y de tu blog.
    Me ha encantado el texto sobre tu mamá, de quien tengo muy lindos recuerdos…De hecho, pienso que influyó bastante para que yo me decidiera a estudiar Letras.
    Pero sobre todo, me acuerdo de ella como la madre amable y linda que nos recibía en tu casa, a sabiendas de que no eramos los mejores alumnos, pero sí grandes amigas de sus hijas.
    Un abrazo cariñoso de Magdalena de Kino.

  6. Gustavo López dijo:

    Mi querida Yolanda:
    Alguien dijo: hay ausencias que son presencia. Me lo ratificas con el espléndido y amoroso recuerdo sobre tu madre. Los que nos amaron –y a los que amamos– nunca se van, así se nos adelanten en este viaje llamado vida o se alejen temporalmente.
    Un abrazote.

  7. Araceli Martinez dijo:

    Yoli, que dicha tan grande de haber tenido una madre como la que tuviste. Fuiste realmente afortunada. No te atormentes con las preguntas que pudiste hacer y no hiciste. A veces uno no necesita preguntar para obtener respuestas. Se que siempre la extrañaras pero yo siento que ella no ha muerto del todo. Por el contrario, yo siento que en ti, hay mucho de ella.
    Así mi amiga, te reitero, fuiste muy afortunada por haber tenido la madre que tuviste.
    Un abrazo, Araceli.

  8. Yolanda dijo:

    Gracias Gustavo, tú siempre tan generoso con una…Me imagino que tú estás ahorita sensible sobre lo que significan las ausencias de seres queridos que el tiempo no puede borrar. Te mando un fuerte abrazo..

  9. Yolanda dijo:

    Gracias amiga querida. Un abrazote.

  10. Yolanda dijo:

    De verdad qué gusto saludarte y que hayas leído mis Cometas..No sabía que mi madre habría influído en que estudiaras Letras, pero ahora ya supe. Gracias por el recuerdo bonito sobre ella. Te mando un abrazo fuerte hasta las Magdalenas…

  11. Yolanda dijo:

    ¿Verdad que sí? A mi también no deja de sorprenderme. Los genes. Abrazos.

  12. Yolanda dijo:

    Mil gracias Sergio por tu comentario y por el recuerdo que guardas de mi madre. Un abrazo desde Texas.

  13. Yolanda dijo:

    Gracias Pina, por el comentario y por el abrazo. Te mando otro a ti con mucho cariño.

  14. Jorge dijo:

    Como dice un Cantautor “todas las cosas bellas comenzaron cantando, no se te olvide que cantando tu madre te acuno”, felicidades porque de tal encanto otros encantos.

  15. NORMA MUNOZ MACIAS dijo:

    yolanda,que hermoso todo lo que escribiste de tu mama,todavia tengo el nudo en la garganta,pero que hermosos recuerdos que yo vivi con uds. porque me la vivia en tu casa,gracias por esa oportunidad de compartir con uds. y tienes toda la razon,doña lupita siempre tan optimista,tengos muy bellos recuerdos de aquella epoca,besos y muchos abrazos yoli.te quiero….

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