Mi abuela, mi madre o viceversa

Como cada víspera del día de las madres, sueño a mi madre y a mi abuela. Las veo riéndose por cualquier cosa en la cocina de la casa donde crecí o pasando platos llenos de comida por encima de nuestras cabezas, como cuando éramos niños. Con las imágenes, oigo muchas risas, las de ellas dos, las de mi padre y las infantiles nuestras. Se recrean esos días cotidianos de olores ricos, del ruido de los tenedores chocando contra el plato, las bromas incesantes, de sus comentarios casuales sobre la ropa que nos pusimos o de si el huevo tenía demasiada sal o el chocolate demasiada azúcar.

Mi padre cambió la ubicación de la cocina varias veces en esa casa donde él todavía vive en la calle Escobedo, pero yo siempre sueño la que tenía el azulejo de talavera azul añil con blanco y tonos marrones, del que mi madre se enamoró en los viajes a Guadalajara y un día decidió regresar al caluroso Hermosillo con un cargamento de la talavera en la camioneta, ya de por sí llena de niños, maletas, colchas, artesanías y hasta birotes gigantes. Decidió ponerle mucho color  y calidez al espacio que hay entre los gabinetes, como le ponía color y calidez a todo alrededor de ella. Generalmente, era mi Mamá Locha quien cocinaba y mi mamá la que servía las comidas a su prole, sus cinco hijos que comíamos con tantas ganas que parecíamos refugiados de una hambruna, era la misma estampa todos los días alrededor de esa mesa redonda de formica que estuvo tantos años en el centro de esas comilonas.

En las mañanas invernales cuando seguido nos quedábamos dormidos un poco más, las urgencias de mi Mamá Locha apurándonos para salir a tiempo y la solución la hallaba en la licuadora con un desayuno rápido de un licuado de leche al que le echaba huevo, vainilla y ¡whisky! No recuerdo con claridad, pero debimos haber llegado algunos días a la escuela con aliento alcohólico. En la filosofía de mi abuela, cada bocado de comida que consumíamos debería fortalecernos físicamente y sólo así tendríamos un cuerpo preparado para enfrentar cualquier virus, bacteria o peligro que atrapáramos fuera de su espacio. ¡Cuántas veces llegaba de la escuela y la encontraba cosiendo algún uniforme o ropa nuestra en la máquina de coser! O entraba a la casa y la buscaba para hallarla allá afuera, en el fondo del patio, ¡echando enormes tortillas sobaqueras al comal!  Mi abuela, mi Mamá Locha, sin saberlo, hacía mi mundo hermoso. Tejía una atmósfera alrededor de nosotros donde comíamos riquísimo, vestíamos limpios, jugábamos seguros. Mi madre traía las risas, las miradas de orgullo aunque no las mereciéramos, la solución de problemas, los consejos, las amonestaciones. Su voz me caía siempre al alma como una caricia que me hacía saber que todo estaría bien. Y todo siempre estuvo bien.

Era tan natural para mí ver a esas dos mujeres siempre contentas, tan genuinamente complementadas una con la otra. Prácticamente desde que mi madre tuvo conciencia unió su fuerza a la de mi abuela y formaron un equipo. Juntas disfrutaron triunfos y sufrieron fracasos. Nada, nunca quebró esa alianza de cooperación. Juntas celebraron la primera estufa de gas que tuvieron jamás, cuando mi madre pudo comprarla con su primer salario cobrado como maestra de primaria en la escuela Alberto Gutiérrez, a sus 17 años de edad. Muy temprano, desde su adolescencia, mi madre contribuyó a la economía familiar con una simple actitud de deber y nunca como una carga molesta. Igual mi abuela, así asumió las tareas de ayudar a mi madre con el cuidado de la casa y de sus nietos. Por eso ambas podían reír espontáneas de cualquier cosa. Conservaron un amor esencial que nada lo cambió. Dice mi tía Esperanza, “Tiatati” para nosotros, que cuando mi madre se casó y se fue a su luna de miel, esa noche que su hija mayor dejó su espacio, oyó llorar a mi abuela toda la noche. Todavía no puedo sacar en claro qué sentiría, si emoción o sólo el desprendimiento de saber que ahora se incluiría mi padre a su equipo.

Siempre me sentí tan segura ahí entre esas dos mujeres. Creía que nada malo podía pasar en el mundo mientras ellas anduvieran cerca, es más, mientras ellas respiraran en este planeta. Eran las dos pasajeras necesarias para que el mundo fuera mundo, en mi tierna mentalidad. Iban las dos juntas a mi corazón y todavía siguen yendo en días como éstos con una poderosa fuerza que todavía me sorprende. Ninguna de las dos está ya aquí en su forma física, pero precisamente en un día como éste, llegan hasta en mis sueños y las muchas memorias que ellas dejaron para siempre en mi vida.

Acerca de Yolanda

Mujer que sigue aprendiendo a ser feliz en el camino y a disfrutar esta maravillosa vida sin excepciones. Mis placeres son la literatura, los libros en general, la música, el cine y la gente que quiero.
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Una respuesta a Mi abuela, mi madre o viceversa

  1. jose refugio bernal robles dijo:

    Cuando chico y visitba tus casa cuando andaba con el chale, yo percibi la mistica de la que hablas, fueron todos ustees muy afortundados de tebner una abuela tan sabia y prudente como la tuya, y una madre como mi amiga tu madre, porque asi me trataba como un amigo, a pesar de que era de la bola de amigos de chale, ya con los años aprendi lo grande que era de mente y espiritu. Lo bueno es que todos y cada uno de ustedes llevan su fuerza. Felicidades.

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