Periodismo

500 AÑOS DESPUÉS, EN SONORA

(Publicado en “La Jornada”, Octubre 4, 1992)

 “…Cómo es posible que hayan transcurrido 500 años y todavía estamos luchando por la tierra; cómo es posible que hayan transcurrido 500 años y hay Yaquis por allá, hay yaquis por acá o los O’otham…O somos jornaleros o trabajadores eventuales en una empresa…”

                     –Testimonio parcial del maestro Yaqui Juan Silverio Jaime León–


      Empobrecidos y marginados de la “modernidad”, las ocho etnias que viven en Sonora –que agrupan a 47 mil 913 indígenas, según el censo poblacional de 1990 o a 125 mil, de acuerdo al Instituto Nacional Indigenista en la entidad– todavía claman por sus necesidades y derechos de siempre: tierra, agua y respeto a sus lugares sagrados, cultura y ceremoniales religiosos.

Yaquis, mayos, seris, pimas, guarijíos, O’otham o Pápagos, Kikapoos y Cucapás, viven dispersos en comunidades asentadas en los desiertos, sierras, islas o valles sonorenses y, en lo general, están en condiciones de extrema pobreza, sufren avanzados índices de “aculturización” y en algunos casos padecen problemas de rentismo, narcotráfico, consumismo, corrupción, migración, desintegración o división de comunidades por efecto de la dotación ejidal o la imposición de nuevas formas de autoridades civiles.

          Los pobladores autóctonos de Sonora, la mayoría de ellos desde mucho antes de la llegada de los españoles, no han concretado una postura unificada en relación a la conmemoración de los 500 años del descubrimiento de América, indicó Alejandro Aguilar Zéleny, director general de Culturas Populares en el estado, aunque se sabe de posibles intentos de realizar acciones de protesta contra el festejo de dicho acontecimiento, aclaró.

            Ascencio Antonio Palma, gobernador de la etnia Tohono O’otham, lo externó durante el XVII Simposio de Historia y antropología de Sonora en febrero:   “Antes de la venida del hombre blanco, nosotros vivíamos felices, no había obstáculos que nos impidieran tener todo…existen O’otham en Guadalajara, Jalisco, porque en ese tiempo podíamos transitar libremente, pero cuando fuimos invadidos…se nos fue despojando de nuestras tierras, quitándonos los extensos territorios que poseíamos. Nuestros pueblos se fueron extinguiendo por enfermedades, por luchas en contra de los Yaquis y Seris y estas luchas eran provocadas por los mismos hombres blancos, con el objeto de dividirnos… otro factor por el cual se nos fue despojando de nuestras tierras fue la fiebre del oro…se nos despojó de una extensión bastante grande de tierras y cuando empezamos a tener cierta fuerza como grupo, nos empezaron a amansar y dominarnos sin importar lo que nosotros sentíamos o pensábamos. Y hoy el gobierno quiere tapar el sol con un solo dedo y todos los problemas que nos aquejan y no hace nada para solucionarlos en la lucha por la conservación de nuestra cultura, nuestras costumbres y tierras sagradas. Se han perdido vidas de nuestros abuelos, de nuestros hijos, pero aún así seguimos luchando…Por eso en nombre de la nación O’otham protesto enérgicamente por el festejo que hace el hombre blanco del día 12 de octubre…consideramos esa fecha como catastrófica para las naciones indias, ya que marca un etnocidio que no podemos festejar porque sería engañarnos a nosotros mismos y traicionar el pensamiento de nuestros ancestros.”

        En un estado fronterizo y rico como Sonora, respecto al promedio nacional, los indígenas han sobrevivido prácticamente al margen del desarrollo estatal.

       En las regiones donde se asientan viven en malas condiciones, aunque mantienen una vida simbólica con sus ceremoniales a través de los cuales han conservado su unión y fortaleza, su orgullo, música, danza y conceptos religiosos, describió Aguilar Zéleny.

    Tal vez, los yaquis, la etnia guerrera y eterna resistente al dominio de los blancos –‘Yoris’, los llaman ellos–, sea el grupo indígena sonorense más conocido en el país por sus feroces batallas contra quien impidiera su determinación para autogobernarse como pueblo y por su territorio. También se reconoce a los yaquis por su participación en largas y persistentes luchas armadas desde la Colonia hasta la época independiente y desde la Revolución mexicana a la etapa posrevolucionaria.

         Los yaquis o yoremes están concentrados en ocho comunidades formadas por 52 asentamientos en el Valle del Yaqui y el municipio de Guaymas: Vícam, Pótam, Huírivis, Belén, Rahum, Cócorit, Torim y Bácum. A la fecha, conservan su propia estructura de gobierno en cada uno de sus pueblos.

         Avecindados en parte del fértil Valle del Yaqui, los 35 mil representantes de esa etnia viven de la agricultura, ganadería y pesca. Culturalmente, desarrollan el curanderismo y prácticas medicinales.

        A últimas fechas, el Programa Nacional de Solidaridad (Pronasol) ha entrado con 5 o seis comités en Pueblo Yaqui, lo que ha creado conflictos en las actividades de la tribu, ha agudizado divisiones entre sus gobernantes y causado problemas con las instituciones.

          El profesor y poeta Yaqui, Santos García Wikit, reveló a la revista “Sonora Mágica” que los orígenes de la etnia provienen de una galaxia llamada “Nasa wapo gisen gui see”, de la que llegaron en pájaros.

         Cuenta que cuando los aztecas pasaron por  territorio sonorense, los Yaquis “ya eran espantosamente viejos”.

         Su danza del Venado yaqui es un ritual que ha dado la vuelta al mundo por su simbolismo, profundidad y belleza artística.

         De los indios yaquis, guerreros y fuertes asentados a la orilla del caudaloso Río Yaqui, quedan descendientes celosos de sus costumbres y orígenes étnicos, que en la práctica, sin embargo, pueden sucumbir ante el paternalismo gubernamental y la conveniencia política.

          Otra etnia sonorense son los Seris, originalmente nómadas, se asentaron en el área por la costa del Mar de Cortez desde Guaymas hasta el desierto de Altar, básicamente en El Desemboque, Punta Chueca y la Isla del Tiburón.

          Los Seris se rebelaron a la evangelización de los jesuitas y se resistieron a la colonización española, por lo que segregados han visto disminuir su número drásticamente hasta contarse 608 exactamente en la actualidad. Se habla de ellos como una “etnia en peligro de extinción”.

         Sin embargo, los Seris son culturalmente ricos, tienen un dialecto abierto a nuevos vocablos, realizan actividades artesanales y viven de la pesca en un territorio de dunas de arena que cuenta con más de l00 kilómetros de litoral del Golfo de California. De vez en cuando también se dedican a la recolección de jojoba.

         Su espacio geográfico lo conforman más de 212 hectáreas en los poblados mencionados y la Isla del Tiburón, su lugar sagrado, a pesar de que por decreto es zona de reserva ecológica donde la fauna y flora es custodiada por el ejército. Los Seris están presionando a través del departamento jurídico del Instituto Nacional Indigenista en Sonora para que la isla sea considerada legalmente como lugar sagrado de la tribu y defenderla de una posible expropiación contra proyectos turísticos que se planean desarrollar en ella.

         Con todo, los Seris carecen de agua potable y energía eléctrica, viven en condiciones insalubres y son fácil presa de enfermedades. Algunos jóvenes Seris asisten a la Universidad y otros han egresado de carreras profesionales y técnicas.

        Es precisamente entre la juventud “Kunkaak” –forma en que autodenominan los Seris y significa ‘gente’– que ha surgido una inquietud por enterarse y asumir los derechos que les corresponden para la conducción del destino de la etnia del desierto.

         Los Seris tienen problemas de linderos en unas 30 mil hectáreas que han sido invadidas por particulares. Han sido perseguidos y aniquilados en el pasado, por lo que han llamado la atención de presidentes de la República, investigadores extranjeros e historiadores, a pesar de encontrarse prácticamente aislados en una reserva natural.

         Una tercera etnia, los O’otham, Tohono O’odham o ‘Pápagos’, son un pueblo que se debate entre las culturas anglosajona, mexicana y la propia.

         Desde antes de la colonia, los O’otham habitaban el desierto de Sonora y Arizona hasta que México perdió su territorio para cederlo a los Estados Unidos y la tribu se dividió entre las fronteras de ambos países.

         Mientras en el lado mexicano solo viven unos 335 ‘Pápagos’, en la reservación norteamericana de Sells, Arizona, radican 20 mil de ellos en condiciones opuestas a las de sus hermanos étnicos.

         Los O’otham, ‘Gente del desierto’, habitan comunidades en los municipios sonorenses de Altar, Caborca, Sáric, Plutarco Elías Calles y Puerto Peñasco.

         Básicamente, la etnia se dedica a la ganadería y un poco a la agricultura, además de la artesanía. Tienen características de un grupo binacional que habla español e inglés y su dialecto indígena casi en desuso por las nuevas generaciones.

         Los O’otham también desean que su centro ceremonial Quitovac sea decretado como lugar sagrado de la etnia, aunque se sabe que existe un proyecto expropiatorio para destinarlo a zona turística, ya que recientemente fueron encontrados ahí huesos prehistóricos de Mamut.

          No obstante, los Pápagos quieren seguir realizando en ese lugar sagrado su  fiesta anual del Vikita en honor de su dios I’Itoi, como sus ancestros lo hacían hace cientos de años. También la comunidad de San Francisquito la defienden como otro centro ceremonial.

          Los Mayos, la etnia más numerosa de Sonora, con unos 72 mil indígenas, vive en 242 comunidades de los municipios de Alamos, Etchojoa, Huatabampo, Navojoa y Quiriego al sur del estado.

         Aunque en sus orígenes se asentaron en las márgenes del río Mayo, actualmente carecen de territorio propio y han sido culturalmente absorbidos por las costumbres y vida no indígenas.

        Los mayos pelearon contra el dominio colonial y posteriormente contra los Yaquis. Sus comunidades están desorganizadas debido a conflictos internos, falta de control en tradiciones religiosas, migración, alcoholismo, ignorancia de funciones y la apatía que también les ha provocado problemas en sus actividades agrícolas.

        Los Guarijíos, poco más de mil, habitan parte del municipio de Alamos y Quiriego, al sureste de Sonora extendiéndose hasta Chihuahua.

       La tribu vive en condiciones precarias, lo que en casos los ha llevado a la práctica del narcotráfico. Precisamente a raíz de esa actividad ilícita, se aceleró el proceso de desintegración social  de la etnia, ha surgido violencia y el dispendio por exceso de recursos económicos.

       Se trata de “vaqueros urbanos” que ingieren grandes cantidades de alcohol en sus camionetas del año, describe Aguilar Zeleny.

       El analfabetismo entre los guarijíos alcanza el 98 por ciento de la población mayor de 30 años.

       Los Pimas, por su lado, es otra etnia radicada en la población de Maycoba, municipio de Yécora, Sonora, así como en Madera y Temosáchic en el estado de Chihuahua.

       Unas 287 familias Pimas explotan alrededor de l7 mil hectáreas de recursos forestales, agrícolas y de agostadero. Realizan tareas artesanales, envasan frutas y son gambusinos.

        Con la reciente apertura de una carretera que cruza la sierra boscosa de Maycoba, los Pimas tienen ahora comunicación con Chihuahua y la capital sonorense.

        Según el director de culturas populares, a los Pimas les falta una organización interna más clara y definida y opina que la apertura de la carretera comunicante va a alterar su forma autóctona de vida para acelerar su ‘aculturización’.

        Los Pimas sufren la constante discriminación de los habitantes blancos de la región, llegando incluso a sufrir el rechazo de los niños de esa etnia en las escuelas oficiales. “Valemos para esta gente lo mismo que un becerro”, comentan los indígenas.

        Carecen de música y danzas propias para sus ceremonias religiosas y sus formas tradicionales de gobierno se han ido perdiendo.

        Por otro lado, los Kikapoos habitan la sierra alta de Sonora, en el municipio de Bacerac, desde principios de siglo. Sus orígenes se remontan a los Estados Unidos y Canadá, adonde llegaron después de varias persecuciones  y migración, una parte de la etnia se instaló en territorio mexicano, básicamente en Coahuila y un grupo de 158 personas en la sierra sonorense.

         Los kikapoos han perdido su identidad cultural y a pesar de que fueron dotados de tierra de primera calidad para el cultivo y la cría de ganado no la explotan lo suficiente para sufragar sus necesidades y por ello emigran en busca de empleo.

          Otra etnia son los Cucapá asentados en el municipio de San Luis Río Colorado y apenas asciende a unos 95 miembros.   Habitan hasta la Baja California Norte y el estado de California, en Estados Unidos.

        Casi extinta, esta comunidad indígena tiene muy poca relación con la cultura sonorense.

        En lo general –comenta Aguilar Zéleny– los sonorenses no ven de ninguna forma a los indígenas del estado o los ven despectivamente, como indios e ignorantes. “Para algunos sólo son importantes el indio Cajeme, Lola Casanova y el indio Jerónimo es un hijo de la chingada. Creen que sólo existen yaquis, mayos y seris y se refieren a los indios como haraganes y borrachos”, dijo.

       Además, señaló que todavía no está asegurado el desarrollo e independencia de los grupos indígenas en Sonora, ya que no existe una política bien definida sobre las etnias.

        Los Pascolas, músicos, curanderos, danzantes, ‘rezantes’ y demás manifestaciones propias de las distintas etnias radicadas en Sonora deambulan aún como elementos folklóricos o de atracción turística de la entidad, concesionando  su destino sólo a un grupo de profesionales e interesados que se agrupan en instituciones, pero que no cuentan con suficientes recursos para conservar el pasado y defender el presente y futuro de los descendientes de los primeros pobladores sonorenses.

       Con la modernidad en puerta,  ¿cómo les va a ir a los indígenas con el Tratado de Libre Comercio?, se le preguntó al encargado de las culturas populares del estado.

–“Pues si sobrevivieron a la Conquista y 500 años después todavía andan por aquí,  ¿por qué no habrían de sobrevivir también al TLC?, respondió.

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—-Clamor de María Jesús Domínguez, representante de la comunidad indígena O’otham residente en el Bajío, Sonora:

         “Me he presentado aquí en Hermosillo, me he presentado en México, pero los problemas entre más se tratan, más se están inclinando. Nos están quitando las tierras y esas las queremos, queremos que nos entreguen las tierras, los mexicanos las están usando. Los rancheros sacan ahí su dinero, ganan dinero con el ganado que tienen y nosotros estamos sufriendo ahí. Muere el ganado de nosotros de sed, de sufrir hambre. Todos los rancheros tienen sus ganados ahí en ese lugar. Ahí uno de Estados Unidos ya tiene como más de veinte años, pero se me hace que el gobernador del estado no se fija en eso, o quien sabe. La reforma Agraria vende las tierras y son tierras de las comunidades O’otham mucho más tiempo antes de que vinieran los españoles o que vinieran los mexicanos a desbaratar las tierras que son de los indígenas O’otham.  Nos tienen abandonados, sacan dinero, ganan mucho dinero los mexicanos y nosotros estamos sufriendo ahí de la artesanía que estamos haciendo. Aquí esta uno y aquí esta otro —cestos—, eso es el trabajo que hacemos y el ganado que tenemos, con eso vivimos. Si se acaba el ganado, cómo van a vivir los nietos, los hijos…los mexicanos están quitando la tierra, ahora queremos las tierras que nos las entreguen pa’tras. Eso es todo. Gracias.”


 

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